Durante años, nuestros padres cuidaron de nosotros, nos sostuvieron y estuvieron presentes cuando los necesitábamos. Pero llega un momento en que los papeles comienzan a invertirse. ¿Qué significa entonces honrarlos cuando son ellos quienes necesitan de nosotros?
El desarrollo de nuestra sociedad ha traído muchos adelantos que nos han facilitado las tareas cotidianas. Sin embargo, en cuanto a la estabilidad de la familia, podemos decir que dicho desarrollo ha debilitado los lazos de conexión, dejando a cada generación desprotegida y expuesta a un sinnúmero de situaciones que anteriormente no se enfrentaban: los hijos en manos de extraños desde muy tierna edad; los padres excesivamente ocupados trabajando para suplir todos los deseos de la familia; y los ancianos solos o, en el mejor de los casos, en casas de ancianos donde pasan sus últimos años.
Curiosamente, una de las diez primeras Palabras que Yehováh nos enseñó en el monte Sinaí dirige nuestra atención hacia los padres, poniendo de manifiesto que la relación correcta con los demás seres humanos comienza con una buena relación con ellos: «Honra a tu padre y a tu madre» (quinto mandamiento, Éxodo 20:12). Es una verdad en la que poco se profundiza, porque damos por sentado que tratarlos con buenos modales es todo lo que hay que hacer, y eso solamente mientras somos pequeños y dependemos de ellos.
La pregunta importante es: ¿qué significa dar honra a los padres? En este artículo buscamos abordar todas las aristas de esta verdad.

Cuando recibimos a los hijos en el hogar, estamos dispuestos a toda clase de sacrificios con el fin de verlos salir adelante. Y lo hacemos con gran disposición, por lo cual en ningún momento les echamos en cara el esfuerzo que hemos tenido que hacer. Pero cuando llega la hora de cuidar a nuestros adultos mayores, no tenemos la misma actitud: nos cuesta dejar de lado compromisos para dedicarles tiempo y resulta más fácil entregarlos al cuidado de extraños que velen por ellos.
La vida está diseñada para que dependamos unos de otros, y lo que verdaderamente une a las personas son los lazos afectivos. En Jn 21:18, Yeshúa le dice a Kefa (Pedro): «Cuando eras más joven te vestías y andabas por donde querías, pero cuando seas viejo extenderás las manos y otro te vestirá, y te llevará adonde no quieras». A medida que aumentan los años, otros van asumiendo ciertas responsabilidades y nosotros nos volvemos más propensos a necesitar ayuda, incluso en las cosas más básicas de la subsistencia. No en balde se dice que los años de la vejez son como una segunda infancia.
Los años maduros de los adultos están llenos de la sabiduría que proporcionan las experiencias vividas. Tristemente, en vez de ser aprovechada por las generaciones jóvenes, esta sabiduría se pierde. Entonces, ¿cómo sacar provecho de la convivencia? Hemos de educar a los chicos para que rescaten las historias de sus padres y abuelos, y animar a los adultos a abrir sus corazones para dejarles lecciones que, llegado el momento, puedan recordar.
Un logro adicional que esta enseñanza de Yehováh ofrece a quienes tienen que cuidar a los mayores es la oportunidad de limpiar o sanar el corazón de resentimientos, para poder amar a pesar de las heridas y no por obligación. Todos los padres creen que hacen lo mejor que pueden a favor de sus hijos, pero, sin duda, la tarea en muchos casos es deficiente debido a lo que, a su vez, ellos arrastran de su pasado. Así, el resentimiento puede instalarse en el hijo, quien crece con carencias. Pero el mandamiento es igual para todos, porque Yehováh es el Padre verdadero y desea suplir todo faltante y aun enseñarnos a amar a pesar de las heridas; a amar como Él nos ama.
Yeshúa también se refiere a la prioridad que ocupa el cuidado de los padres por encima de otras demandas, aun de índole espiritual. En Mc 7:9-13, Yeshúa señala que el mandamiento de la Torá no se puede dejar de lado por exigencias impuestas por los líderes religiosos. Estamos llamados a honrar la vida siguiendo el diseño que el Padre nos enseña.

Nuestros allegados mayores no solo necesitan que suplamos sus carencias físicas, sino también las sociales, emocionales y aun espirituales. Las palabras del Salmo 92:12-14 expresan bien el pensamiento que debe motivar la ayuda que damos a los mayores, mostrándoles que aún es tiempo de dar fruto que agrade al Padre:
El justo florecerá como la palma,
crecerá como cedro en el Líbano.
Plantados en la casa de Yehováh,
florecerán en los atrios de nuestro Padre.
Aun en la vejez darán fruto;
estarán vigorosos y muy verdes.
Por esto, comenzaremos tratando primero el aspecto espiritual.
1. Necesidades espirituales: la mirada a la eternidad
Muchas personas mayores tienen más tiempo para reflexionar profundamente sobre el pasado, sus logros y frustraciones, y sobre el futuro, debido a la incertidumbre de lo desconocido. Un hijo sabio buscará ayudar a su padre o a su madre a alcanzar una mayor comprensión de verdades que los llenen de esperanza y certeza. Ayudarlos a crecer en su conexión personal con Yehováh satisface la más grande necesidad que pueden tener y, sin duda, contribuirá a que el tiempo compartido con ellos sea más agradable y fructífero.
Para lograrlo, lo mejor es ser intencionales en los tiempos de conversación con ellos, compartiendo la Palabra del Señor que sea apropiada y sin caer en críticas hacia sus ideas o tradiciones religiosas que no estén acordes con la verdad.
Algunos ejemplos podrían ser:
- Sobre el propósito de la vida: Sal 71:14-18.
- Sobre el perdón: Ef 1:3-7 / 1 Jn 1:5-9 / Sal 61 / Hch 10:43.
- Sobre la cercanía con el Padre: Sal 145:18-19.
- Sobre la eternidad: Jn 14:1-3 / Mt 5:3.
Además, orar juntos, cantar alabanzas, recordarles las promesas del Padre, leer las Escrituras o ayudarlos a reunirse con otros creyentes son ideas complementarias, sin dejar de lado lo que hemos dicho anteriormente.
2. Necesidades emocionales: sentirse amados y valorados
En el tiempo de la vejez, cuando muchas responsabilidades han quedado atrás y la fortaleza disminuye, se presenta una oportunidad para incrementar la relación con el Creador y con quienes los rodean. Es un tiempo de preparación que nuestro Padre provee para el encuentro con Él.
Los principales sentimientos con los que muchos adultos mayores luchan son la soledad, la sensación de inutilidad, la tristeza por las pérdidas y el miedo a depender de otros. Pero estamos llamados a darles seguridad, recordándoles que siguen siendo amados, escuchados y esenciales para la familia. Esto lo logramos tratándolos con dignidad y ternura.

Mantener el tiempo ocupado, tanto en pasatiempos como en tareas sencillas y nuevas, es un buen antídoto contra la sensación de inutilidad y soledad. Pedirles su consejo u opinión abre la posibilidad de que compartan sus experiencias, fortaleciendo así su sentido de valía. Con internet, las posibilidades de aprender o escuchar contenidos relacionados con cualquier tema de su interés son inagotables. Lo ideal es animarlos, lo antes posible, a desarrollar alguna actividad antes de que sus habilidades cognitivas puedan verse seriamente afectadas.
No hay mejor manual para combatir la tristeza que las palabras de esperanza que se encuentran en la Biblia. Motivar a la persona a hablar y exteriorizar sus emociones, dejándolas en manos del Padre, trae mucha paz al corazón. De la misma manera, aprender la humildad necesaria para recibir ayuda y depender de otros será más sencillo cuando se comprende que todo lo que nuestro Padre permite tiene un propósito para bien.
En resumen, incluir a nuestros adultos mayores en las conversaciones y decisiones familiares es vital para que no se sientan olvidados.
3. Necesidades físicas: seguridad y cuidado práctico
Vale la pena recordar las palabras de 1 Timoteo 5:8, que nos exhortan a no descuidar el apoyo físico a los padres. Hoy, el gobierno asegura a muchos adultos una pensión que, en numerosos casos, alivia esa responsabilidad; sin embargo, por lo general, no alcanza para sufragar todos los gastos que ellos tienen.
Es muy frecuente escuchar que los adultos mayores suelen sentirse en la plenitud de sus años y que solo aterrizan en la realidad de la edad que tienen cuando se encuentran con el hecho de que la fuerza o la movilidad que antes poseían ya no están presentes. La vejez viene acompañada de deficiencias del cuerpo y de la mente. Todo comienza con la paulatina pérdida de la visión, del oído y de la memoria, así como con la aparición del cansancio y de dolores propios del deterioro físico.

Lo que más necesitan los adultos mayores es acompañamiento y respaldo para asistir a sus citas médicas, seguir adecuadamente sus tratamientos y mantener una nutrición apropiada para su edad y condición física. Es importante procurar una dieta variada y equilibrada, basada principalmente en productos frescos y poco procesados, que aporte suficientes proteínas, vitaminas, minerales, fibra y líquidos. Cuando sea necesario complementar la dieta con vitaminas, minerales o suplementos naturales a base de hierbas, es conveniente hacerlo con prudencia y, especialmente si la persona toma medicamentos, consultar previamente con un profesional de la salud, ya que algunos productos naturales pueden interferir con sus tratamientos.
También es importante prestar atención a la hidratación, pues con la edad puede disminuir la sensación de sed, así como adaptar la consistencia de las comidas cuando existan dificultades para masticar o tragar. Siempre que sea posible, conviene reducir el consumo de productos ultraprocesados y aquellos con exceso de azúcares añadidos, sodio, grasas poco saludables y aditivos innecesarios.
Además, es vital adaptar la vivienda, en la medida de lo posible, para proporcionarles un entorno seguro que disminuya el riesgo de caídas y les permita conservar su independencia. Una buena iluminación, pasillos despejados, superficies antideslizantes, barras de apoyo en el baño y objetos de uso frecuente colocados al alcance pueden prevenir accidentes y facilitar considerablemente su vida cotidiana.
El aislamiento marchita la salud emocional y mental. De ahí que visitarlos con frecuencia, celebrar sus fechas especiales y mantenerlos involucrados en actividades sean prácticas que deben estar en el calendario. En general, tratarlos con respeto, fomentar su independencia todo lo que sea posible, tener paciencia con su ritmo más lento y ser comprensivos con sus olvidos y sus problemas de visión y audición refleja el corazón de Yehováh en una familia sensible a su voluntad.
Al preguntarle a mi Padre sobre su propósito al permitirnos esos muchos o pocos años de limitaciones al final de la vida, reconocí que, por el gran amor que Él nos tiene, nos concede ese tiempo para que comprendamos que somos su creación; que no hay lugar para ningún orgullo ni altivez que hayamos desarrollado; y que necesitamos ponernos a cuentas con Él, reconociendo la grandeza de su perdón a través de Yeshúa.

Honrar hasta el final
Honrar a nuestro padre y a nuestra madre no es un mandamiento que termina cuando dejamos de depender de ellos. Con el paso de los años, puede adquirir una dimensión aún más profunda: estar presentes cuando sus fuerzas disminuyen, escuchar cuando necesitan ser escuchados y cuidar de ellos cuando ya no pueden hacerlo todo por sí mismos.
Quizás sea entonces cuando las palabras «Honra a tu padre y a tu madre» revelan uno de sus significados más hermosos. Quienes un día nos sostuvieron pueden llegar a necesitar que nosotros los sostengamos. Acompañarlos con amor, paciencia y dignidad en esa etapa de la vida es también una manera de honrar a Yehováh.