El Sol no es Nuestro enemigo
Evitar el sol no solo afecta al cuerpo, sino también a la mente.
El es parte esencial del diseño de la vida. Esencialmente regula el ritmo circadiano, fortalece el sistema inmunológico, mejora el estado de ánimo y permite la síntesis natural de la vitamina D.
Durante toda la historia, el ser humano vivió bajo el sol. Trabajó la tierra, caminó, pastoreó, construyó, crió hijos y viajó. La vivienda que solía ser muy pequeña, se usaba para dormir y si acaso para comer. En el día el tiempo transcurría a la intemperie o bajo alguna sombra improvisada. Y, sin embargo, la humanidad no solo sobrevivió sino que prosperó.
No existían los bloqueadores solares, ni el miedo constante al cáncer, y si que menos las campañas de terror dermatológico.
Hoy ocurre lo contrario. Se nos ha inculcado que el sol es casi un enemigo invisible, que cinco minutos de exposición sin crema son una sentencia de enfermedad futura. Ese enfoque no es prudencia; es desconocimiento del diseño original de nuestro creador.
1. El sol como una amenaza
El sol no es un accidente biológico. Es parte esencial del diseño de la vida. Esencialmente regula el ritmo circadiano, fortalece el sistema inmunológico, mejora el estado de ánimo y permite la síntesis natural de la vitamina D. Si observas los pájaros, con frecuencia encuentran un lugar soleado y extienden sus alas buscando que los rayos del sol toquen todo su cuerpo. Y el profeta Malaquías (4:2) usa el sol trayendo salud como una figura de la llegado del día del Señor.
Mas para vosotros, los que teméis mi Nombre, nacerá el Sol de Justicia, trayendo salvación en sus alas, y saldréis y saltaréis como becerros salidos del establo.
Exponerse gradualmente, respetar los horarios de luz más intensa y conocer los propios límites siempre fue suficiente. Eso hacían nuestros abuelos, y no vivían obsesionados con taparse hasta para sacar la basura.
2. De la prudencia al miedo
Nadie discute que quemarse como camarón es dañino. Eso es abuso, no exposición. Pero hoy se ha pasado de la advertencia razonable a una narrativa de pánico: evitar el sol a toda costa, cubrir a los niños como si fueran alérgicos a la luz, y aplicar químicos incluso antes de sentir calor.
El miedo no trae salud, al contrario la deteriora. El cuerpo humano se adapta cuando se le permite hacerlo. La exposición progresiva fortalece la piel; el encierro la vuelve frágil.
3. El bloqueador solar de herramienta a muleta
El bloqueador solar puede ser útil en situaciones extremas: largas jornadas bajo sol intenso, pieles muy claras, trabajos prolongados sin sombra. Pero su uso diario, automático y obsesivo ha creado una dependencia artificial, una salud débil y un cuerpo intoxicado porque muchos bloqueadores contienen compuestos que no fueron parte del entorno humano y cuya aplicación constante no es inocua.
Se ha observado ademas que una alimentación rica en aditivos químicos, es decir comida industrial, o que abunda en carbohidratos refinados puede estar haciendo que la piel sea mas propensa al cáncer.

4. Lo que se pierde al huir del sol
Evitar el sol no solo afecta al cuerpo, sino también a la mente. A más encierro más ansiedad y depresión. El sol está asociado con pensamientos claros, vigor y orden. No es casualidad.
Una vida saludable no se construye huyendo de la naturaleza, sino viviendo en armonía con ella.
Un pensamiento final
El sol no es el problema. Digamos no a la imprudencia con el dominio propio, como se nos enseña en 2 Tim 1:7.
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.
Entre quemarse y esconderse existe un camino antiguo, probado y sensato: exposición natural, gradual y consciente.
Volver a ese equilibrio no es retroceder; es recuperar lo que siempre supimos.

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