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Todos somos “hijo único” para Yehováh

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Tengo una familia peculiar: Soy hijo único, pero tengo 22 hermanos… bueno, en realidad medios hermanos.  A la vez, soy el hijo menor y ¡soy el mayor también! Un poco enredado, pero trataré de explicarlo. Mi madre tuvo un primer matrimonio en el cual hubo 11 hijos. Su esposo murió y un poco después se casó con mi padre; de esa unión nací yo solamente – así que soy el hijo único de ellos dos. Mi madre murió cuando yo tenía 3 años y mi padre se volvió a casar y tuvo 10 hijos en su segundo matrimonio. Así que soy el menor de los hijos de mi madre, el único hijo de mi madre y padre y el mayor de los hijos de mi padre.

La relación con toda esa familia es otra historia. Pero esta experiencia me ha permitido entender el significado de ser “hijo único” en medio de tantos hermanos; porque a pesar de los enormes desafíos que cada una de esas dos familias tuvo que enfrentar, según me enteré años más tarde, Yehováh me condujo a la casa de mis abuelos paternos, quienes prácticamente me adoptaron cuando mi madre murió, y crecí rodeado de afecto, respeto, cuidado y excelentes ejemplos de lo que es un padre y una madre.

Así fue, que en medio de tantos hermanos, crecí con la atención de un hijo único. Cuando alcancé los 20 años, conocí a Yeshúa y entendí que Yehováh me había cuidado desde el vientre de mi madre y que todas las circunstancias que Él había permitido, incluyendo la partida de mi madre a mi temprana edad, eran parte de su plan perfecto para mí. Años más tarde, cuando Yeshúa me condujo a mi Padre Yehováh, se hizo mayor claridad del por qué habían sucedido tantas cosas a lo largo de mi vida. 

Y así sucede con cada uno de nosotros; porque nuestra relación con Yehováh es de hijo a Padre. Él no tiene nietos, ni otros relativos. Solo hijos. Y cada uno hemos sido formados por Él con un propósito particular; por eso individualmente nos ha equipado con una combinación única de talentos, dones, relaciones, afectos, etc. de manera que podemos afirmar con total certeza que no somos copia de nadie. Podemos parecernos a otros y ser afines en muchas cosas con otras personas, pero no existen dos seres humanos absolutamente idénticos.

Y la razón de esto, es que Yehováh tiene un propósito único para cada uno. Si bien existe un plan y un propósito para su pueblo Yisrael como un todo, dentro de ese pueblo cada uno tenemos nuestro rol peculiar y es nuestra responsabilidad ir a nuestro Padre y preguntarle, qué es lo que Él quiere que llevemos adelante.

¡Esa individualidad es fascinante! y debemos vivir agradecidos por ella. Entender esta verdad nos hace libres de querer compararnos con otros o de querer imitarlos. Somos hijos únicos de Yehováh y ante esto solo tenemos dos opciones: aceptar esta verdad y descubrir el rol para el que hemos sido creados, o despreciarla y considerarnos uno más de los siete mil millones de seres humanos, que siguen como borregos lo que otros deciden.

Quizás te preguntes: ¿Y si Yehováh no me revela una misión especial, qué debo hacer? Si no hay una respuesta particular, podemos asumir que nuestra tarea es vivir conforme a Sus Instrucciones, para mostrarle al mundo que nos rodea, que existe un Creador Justo, que no solo sostiene nuestras vidas, sino que nos ha equipado para ser buenos padres, buenos cónyuges, buenos hijos, buenos vecinos, etc., según los estándares de Él, y no según los del mundo; eso ya es una misión suficientemente grande e importante.

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